Lo que no decimos
Mi papá tenía un talento que apenas hoy reconozco.
Uno llegaba emocionado a contarle una noticia, esperando una reacción inmediata de su parte, pero él —aunque a veces hacía muecas que dejaban entrever lo que pensaba— casi siempre permanecía impávido, en silencio. Y acto seguido dirigía la mirada hacia otro, como entregándole la palabra.
Nunca entendí muy bien esas reacciones. No sabía si después retomaría el tema con una opinión elaborada que nos sorprendería a todos.
Casi nunca ocurría. Lo habitual era que dejara pasar el asunto.
Y como yo he sido lo contrario desde pequeña, lo vi, hasta hace poco, como un defecto. A quienes hablamos demasiado casi siempre intentan callarnos (a veces lo logran). En mi familia, desde niña, me repetían: “¿De dónde se apaga?”
En el colegio igual. Más tarde, cuando empecé mi vida laboral, eran las miradas las que me advertían —con sutileza— que debía dejar de hablar.
Nunca sentí que fuera excesivamente parlanchina, pero ahora, ya adulta y mirando en retrospectiva, puedo decir que, aunque no hablaba todo el tiempo, sí opinaba de todo.
Iba dejando mis juicios en cualquier parte, como si no fuese válido quedarse callada, como si todo el mundo debiera saber si estaba o no de acuerdo con lo que se conversaba.
Lo curioso es que, con los años, en lugar de acentuarse esa característica, se fue apagando. Entre tanto ruido y tras convivir con grupos sociales con los que discrepaba en casi todo, empecé a sentir que cualquier cosa que decía podía ser motivo de burla o podía generar tensiones innecesarias.
He preferido muchas veces la autocensura a la controversia.
Después trabajé en lo público, y todo lo dicho se volvió en mi contra.
Más tarde regresé a los micrófonos, dirigiendo un noticiero radial y como coincidió con la pandemia, en lugar de trasladar mis opiniones a las redes sociales, decidí simplemente dejar de opinar. Pero esa decisión no se da de buenas a primeras.
Quien siente que defiende causas con la palabra experimenta un temblor en las manos, un ardor en el pecho: un impulso físico por decir. Y si no lo hace, lo persigue una culpa igual de aterradora.
Así fue como, poco a poco, reduje mis comentarios. Empecé a elegir el silencio en muchas situaciones, aprendí a escuchar y aunque todavía meto la pata de vez en cuando al intentar eliminar silencios incómodos con cualquier comentario, quienes me conocieron hace poco dirían que ya no soy la persona más habladora del mundo (aunque sigo hablando conmigo misma más de lo necesario).
Hay muchos tipos de silencios: el que surge cuando escuchamos; el que debemos guardar en un lugar que lo exige, el que se impone frente a alguien que lo demanda. Está también el silencio del miedo, el de la pausa y la contemplación; el silencio compartido, el que se expresa en un abrazo o una caricia, el silencio de la rabia.
Y está, sobre todo, el silencio de cuando no tenemos nada qué decir.
Ese es devastador: el silencio que se convierte en única alternativa, cuando el lenguaje se agota y ya no encontramos otra manera de expresar lo que sentimos. No por incapacidad verbal, sino por frustración, por dolor, porque quizá reconocemos en el otro la imposibilidad de comprendernos.
Cuando empecé mi relación con mi esposo me parecía una señal de alerta permanecer demasiado tiempo en silencio. A él siempre le causaba risa mi inquietud y, con la calma que lo caracteriza, me respondía que compartir en silencio era, en realidad, la mejor señal de confianza y amor.
Me tomó tiempo entenderlo. Así como me tomó tiempo comprender que hay personas a las que quisiéramos decirles tantas cosas, pero el silencio puede ser mucho más elocuente.
Hay que elegir, claro. No se trata de postergar conversaciones incómodas ni de tragar entero.
El silencio —el consensuado, el que se decide con plena conciencia— también se oye.
Y puede decir tanto como todo eso que callamos.
Mis recomendaciones:
Pablo d’Ors – Biografía del silencio
Una meditación breve y luminosa sobre aprender a callar, escuchar y contemplar. Es casi un manual poético sobre la transformación que trae el silencio.
De eso no se habla
Un podcast que ya recomendé aquí alguna vez, pero es tan tan bueno, que vale la pena repetirlo.
Gracias por leer.





Wow!!!
No sé si aprendo más de ti cuando hablas o con esta invitación a la reflexión del silencio. Te adoro mi dama bella y sabia .