La edad adulta
La vida comienza siempre en una hermosa comunicación entre él cuerpo y la mente.
Sabemos que estamos creciendo cuando el cuerpo cambia, desde que nos paramos por primera vez y sostenemos el equilibrio, hasta que nos cambian las caderas o empezamos a vernos más altos.
La mente observa ese cambio, lo siente y va entendiendo, lentamente, que somos otros.
Pero hay un momento en la vida en el que se suspende esa comunicación.
Nada cambia ya en el cuerpo naturalmente, solo notas que te tratan como adulto, que debes enfrentar situaciones de adultos, que estás en entornos donde se toman decisiones delicadas o que te encuentras cuidando de otros. El cuerpo no avisa que entras a la adultez, solo entras.
Unos se dan cuenta sintiendo la hostilidad o la incomodidad de los lugares o los círculos sociales nuevos. Otros experimentan plena autonomía, actúan cómodos en ese lugar que siempre observaron en sus mayores, reconociendo terreno.
De los avisos naturales del cuerpo poco queda cuando entramos en la edad adulta.
Ahí, el cuerpo empieza a hablarnos de otras cosas.
Es un poco pasivo agresiva esa conversación en la que de alguna manera el cuerpo reclama que ahora la mente sea tan poco consciente de como fluían las cosas cuando se comunicaban mejor.
Justo la semana pasada Milena Buquets hablaba de eso en su newsletter y decía en una parte de su texto: “Decir frases de adulta me hace sentir adulta, como si acabase de aterrizar en esa etapa de la vida y fuese algo nuevo y excitante, pero a la vez, surge una voz interior que se burla de mí y me dice: “venga, venga, no te lo crees ni tú.”
En general creo que tenemos muy mala comunicación con él cuerpo y que, víctimas de la mercantilización del bienestar, hemos tenido malos emisores del mensaje. O al menos, no ha tenido un impacto suficiente en nosotros para cambiar eso.
Va lento.
Buscando artículos sobre este tema llegué a una columna de opinión maravillosa de Diego S Garrocho en El Pais de España que empezaba así:
“La edad no es una cosa que se tiene. La edad es una circunstancia en la que se está de forma transitoria y que casi nunca es propia. Uno no tiene 15, 40 o 63 años. Uno es a lo largo de todas esas cifras, de manera que nuestra experiencia se declina a través de esos distintos momentos. No somos los mismos a cualquier edad, pero hay algo de nosotros en cada etapa y en cada capítulo de nuestra vida.”
Waaaaaaauuuuuuwww!
Quien escriba semejante cosa tendrá que estar igual de obsesionado que yo con el tiempo.
Pero lo cierto es que toda esta entrega empezó con una sola duda, con un tema del que creo que pocas veces nos hablan aunque por todos lados lo gritamos sutilmente y es: ¿quién o qué es lo nos prepara para ser adultos? Porque no. No es una edad, lo tenemos claro ya.
Ser adulto, saber que uno está viviendo su adultez, va de otra cosa.
Yo creo que el existencialismo o las preguntas que empiezan con un: “nunca había pensado en esto antes” son un gran indicador.
O también las emociones que canta por ejemplo, Rigoberta Bandini cuando dice:
Se me ha parado el corazón
Ya no hay tictac, no hay diversión
Busco y no encuentro la alegría
Salgo a pasear por la ciudad
Me fumo un piti sin pensar
No reconozco mi apatía
No reconocerse.
Sentir que uno era alegre y ya no, que uno era fiestero y ya no, que uno era izquierdoso y ya no o todas las anteriores al revés, también funciona.
Pero lo cierto es que uno empieza a sentir que ha cambiado, que ya no se reconoce. Se desdibuja una identidad que se pudo haber dado por hecho y salen unas ganas de buscarse que nadie había visto antes.
Y con esto llego a algo peor y es que, no contentos con llegar hasta aquí, que es ya gran cosa, alguien decidió que a esa búsqueda personal se le llamaría crisis: la crisis de los treinta que nos la atribuyen a las mujeres o la de los cuarenta que se supone que es la de los hombres.
Que va, no creo que tenga nada que ver con crisis.
Y tampoco hay edad para entrar en ellas.
Lo que creo es que sí llega un momento en él que decidimos escuchar esa pregunta que algunos van postergando. ¿Cuál es el sentido de la vida?
Y por lo general, ese momento llega en una “adultez” para algunos con la pregunta de cómo envejecerán si decidieron estar solos o con él dilema de a quien quisieran conquistar si aún están buscando pareja. Otros, si son padre o madre reconocen ese momento por los cambios de facciones contundentes en los hijos que inmediatamente lleva a un lugar en él que se siente que se puede ver al tiempo.
En la misma columna que mencione, Garrocho dice:
El amor es un amplificador de la verdad, y en muchas ocasiones hay personas queridas para nosotros que mantienen su edad invariable: un hijo siempre será pequeño, y un padre, mayor. Eso nos permite creer que no cambiamos, ya que nuestras referencias afectivas se mantienen inmóviles.
Pero cambiamos. Cambiamos mucho.
Y perdemos esa comunicación con él cuerpo y tenemos monólogos internos que estaría bien exteriorizar, pero somos adultos. Y tenemos que ser fuertes como los adultos y no podemos mostrar ninguna vulnerabilidad porque sabemos afrontarlo todo, “sabemos cómo hacerlo”…
Mis recomendaciones:
Este articulo del periódico El Pais en él que conversan con una adolescente sobre como se siente en ese transito hacia otra edad. Oportuno y completo.
Y este otro, sobre los que están entrando a la edad adulta: Are young people today less mature than previous generations?
Y esta canción de Rigoberta bandini para amenizar.
Gracias por leer.





