Algo en la cara
Notas sobre la piel, la perfección y la vejez
Sentí una lombriz de plástico empujando mi mandíbula hacia atrás, halándome fuerte, queriendo devolverse a toda costa a algo que había sido antes. Me habían paralizado la cara con una crema transparente que no me dejaba vocalizar, hacía mm mmm con incomodidad, con fastidio, y a veces, tengo que admitirlo, con cierta satisfacción.
No fue traumático ni largo, salí una hora después un poco hinchada y enrojecida, nada más. Al día siguiente no noté nada distinto, pero tres semanas después me miré al espejo y dije: esa es Amalia antes de tener hijos.
Una amiga médica me hizo un procedimiento sobre la piel, no era Botox ni agujas que paralizan, pero me prometía devolver brillo sin borrar expresión.
Después de unas semanas, funcionó.
Sentí, frente al espejo, que me devolvía a una versión de mí que no había desaparecido, solo se había cansado. De repente me sentía mirando a una yo de antes.
Me pareció tan mágico que durante los meses siguientes me arme de argumentos para defender mi posición de “haberme hecho algo en la cara”.
Dura un año más o menos, me dijo la médica.
Suficiente tiempo, pensé.
¿Qué es lo que queremos recuperar exactamente cuándo buscamos eso en el espejo? ¿Una cara? ¿Una época? ¿La sensación de que el cuerpo todavía dice lo mismo que uno siente por dentro?
Mi abuela no fue nunca donde ningún médico a quitarse arrugas. Compraba una pañoleta cara y les daba categoría de lujo, de perspectiva. Siempre me pareció elegante, hasta con sus arrugas y su vejez. Escondía con seda, con clase, con un gesto casi teatral lo que el tiempo iba dejando visible en su cuerpo.
En la calle pasan cosas raras, hay pieles que brillan como si estuvieran forradas en papel chicle: lisas, tensas, sin memoria de la cara que hubo antes detrás de esa mascara nueva.
Caras que no fruncen el ceño aunque haya motivos. La escritora y periodista Leticia Sala lo hablo hace poco en una entrevista que le hicieron: el bótox no solo borra arrugas, bloquea los músculos que modulan la expresión. El bebé que mira a su madre no puede leer su rostro. Y nosotras, sin saberlo del todo, dejamos de sentir el enfado con la misma intensidad.
El enfado, dice Sala, es una brújula que señala un problema, quitárselo no es paz, sino tal vez, desorientación.
Sin embargo, la cara inexpresiva no es solo bótox, es también un ideal.
La piel sin historia, sin pliegues, sin la marca de haber dormido de lado o llorado fuerte o reído demasiado, como una superficie que no delata nada.
Elvira Lindo dijo en una de sus columnas que las mujeres nos miramos con muy poca piedad. Cada vez miramos más, y a más resolución, pienso yo.
No hay registro en la historia de tanta vigilancia de nuestra propia cara, de nuestra propia piel.
Sala lo anota también. La cámara frontal del teléfono lo cambió todo, ya no necesitamos espejo.
Durante estos días he orbitado alrededor de los cambios físicos que queremos tener la mayoría de nosotros, me sorprendió la noticia de las agujas de insulina agotadas en la farmacia, los GLP-1 recetados y no recetados, los Ozempic que circulan en grupos de WhatsApp.
La tecnología del desvanecimiento: pesar menos, ocupar menos, comer menos.
Rosa Montero escribió alguna vez que el envejecimiento tiene apenas un par de cosas buenas: que aprendes algo, si te esfuerzas, y que es la mejor prueba de que no te has muerto todavía. La ironía funciona porque apunta a lo mismo: vivimos en un régimen donde la prueba de que exististe, una arruga, un kilo, un pliegue, se ha convertido en algo a eliminar.
¿Cuándo empezamos a querer borrarnos?
Nos contaron una historia de terror sobre la vejez, una sola.
La del cuerpo que cae, que se arruga, que pesa más, que ocupa más espacio del permitido. No nos contaron la otra, la del cuerpo que acumula, que sabe, que ha sobrevivido algo y cuando la historia que nos dieron es esa, de terror, buscamos escapar de ella por cualquier puerta disponible.
Pero la nostalgia también es un arma de doble filo. No quiero idealizar lo que había antes. En Medellín, hace no tanto, los quince años se celebraban con tetas de silicona, ese era el regalo, nadie lo cuestionaba demasiado porque era lo que había, Medellín siempre será la cuna de las exageraciones de ese tipo.
Ahora los regalos son otros: procedimientos que prometen una versión más limpia, más definida, más higienizada de uno misma. Cambió la forma, pero no el fondo.
El filósofo Byung-Chul Han tiene un nombre para lo que está pasando, en La salvación de lo bello lo llama la estética de lo pulido: lo liso, lo impecable, lo que no ofrece resistencia, lo que no daña. Es la estética del smartphone y de la depilación total, dice. Y agrega algo que no se puede ignorar: bajo esa lógica higiénica, todo lo que tiene textura, secreto, ambivalencia, se vuelve sucio. La arruga es sucia, el pelo que cae es sucio, el kilo de más es sucio. No estéticamente, moralmente.
Eso es lo nuevo. No que queramos vernos bien, eso es viejo como el mundo. Lo nuevo es que la imperfección se ha convertido en falta de disciplina, en descuido, casi en falta ética. El cuerpo que envejece visible es un cuerpo que no se esforzó lo suficiente y contra eso no hay crema que alcance.
No quiero excesos en ninguna dirección, ni el terror al cuerpo que cambia, ni la persecución de una pureza que no existe.
Soy la que se hace procedimientos “no invasivos”, soy la que entrena en el gimnasio, la que rechaza sus pliegues en la barriga después del embarazo, la que quisiera operarse para quitárselos y también la que solo usa aceite de almendras para hidratar la piel.
No me juzguen, esta entrega eran pensamientos en voz alta sobre la piel, la belleza, la perfección y la idea de nosotros mismos en el tiempo.
Mis recomendaciones
Una película:
La sustancia (2024), de Coralie Fargeat. Demi Moore, actúa como una estrella de televisión que envejece y que acepta una sustancia que le permite crear una versión más joven y perfecta de sí misma. Es una historia feroz sobre el miedo a envejecer visible, a ser reemplazada, a ocupar demasiado espacio con el cuerpo equivocado.
Un podcast:
Nadie hablará de nosotras, podcast. Dos mujeres españolas que llevan temporadas hablando sin filtro sobre gordoodio, cuerpos, comida y la relación entre apariencia y opresión de clase y género. Un podcast parecido a sentarse con dos amigas que han pensado mucho y no tienen miedo de decirlo. Está en Spotify.
Un libro:
Clavícula, de Marta Sanz. Un día, en un avión, la autora siente un dolor en la clavícula. No sabe si es físico, si es ansiedad, si es menopausia, si es el capitalismo. No lo sabrá nunca del todo. El libro que surge de ahí es híbrido y extraño: diario, ensayo, fragmento, email. Y es también una de las pocas veces que alguien escribe sobre lo que le pasa al cuerpo de una mujer de cincuenta años sin romantizarlo ni dramatizarlo en exceso, sino con la honestidad incómoda de quien no sabe exactamente qué le duele pero sabe que algo le duele. Sanz escribe: “Escribo de lo que me duele”. Y el dolor no tiene un solo nombre.







Tan fan de tus escritos!
Tan necesaria esta reflexión